| Diario de las emociones |
Ver galería virtual del concierto A la entrada ya se intuía algo diferente en el Gran Teatro. La presentación del primer disco de Joaquín de La Montaña había generado gran expectación. Por un lado, la lógica de escuchar el resultado de un disco trabajado, aunque también expectación por el espectáculo en sí que había diseñado para la presentación de “Diario de las Emociones”. Jazz, danza contemporánea y baile flamenco eran suficientes ingredientes como para hacer del espectáculo algo tan inesperado como apetecible. Aunque quisiera no sería capaz de narrar el discurrir de un concierto de Jazz. Mis conocimientos se limitan a algunos discos de Thelenius Monk, Maceo Parker, o el gran Ray Charles. Pero hace algún tiempo leí algo que me hizo interesarme más por todo lo que rodea al Jazz. Un trompetista ( no recuerdo su nombre ) decía durante una entrevista “ Considero el Jazz como una forma de hacer música, no como un estilo”. Cada vez más, creo que estaba en lo cierto. “Diario de las Emociones”, el título del disco ya nos habla de una obra honesta, sincera, de un recorrido por vivencias y sensaciones, utilizando la música como canal para expresar ese bagaje de emociones acumuladas durante los años de rodaje y trabajo. Situado en el centro de la escena a pecho descubierto, mientras su saxofón desciende lentamente del “cielo” y una voz en off (la suya propia) narra sus comienzos más ingenuos en el mundo de la música, cuando “golpeaba una lata enorme de salchichas con dos ramas de una higuera”, fue la presentación que definía lo que sería el tránsito del concierto. La trascripción de ese diario de recuerdos, el pistoletazo de salida a un proyecto trabajado y deseado. Arrancaba Joaquín y su (gran) banda el concierto con fuerza, como si llevaran horas con sus instrumentos entre las manos esperando la hora de empezar a hacerlos sonar. La aparición de bailarina y bailaora, a la vez que oportuna, hizo que el espectáculo no dejara en ningún momento de ser inesperado, emocionante y sorprendente para todos, estaba claro que no era sólo un concierto de Jazz. En todo momento se intuía algo más. El ritmo frenético de algunos momentos descendía con “Chao trompetista”, tema dedicado al trompetista Félix Bote que emocionó especialmente a Joaquín y al resto de los presentes. Un foco cenital iluminaba una trompeta alrededor de la cual Marina Rubio ejecutaba una coreografía sencilla, sutil, y perfectamente sincronizada con el piano. Uno de los momentos a recordar de la noche. Las continuas apariciones de bailarina y bailaora seguían completando el espectáculo, a la vez que se erigían como narradoras, guiaban al espectador y acababan de cerrar el círculo. Tras más de hora y media de música marcada por el entusiasmo de sus intérpretes, de continuas demostraciones del buen hacer de la banda, y de seguir convenciéndonos de que “Diario de Las Emociones” es un gran trabajo, el concierto acariciaba su fin. Llegaba la hora de los agradecimientos, y de recibir el aplauso honesto del público, tan honesto como su trabajo, lo que damos es lo que recibimos, o así debería ser. El abrazo con quienes forman parte de esa historia, con quienes le han ayudado a escribirla, y con aquellos que la escuchaban. Aunque fuera el final del concierto, tan sólo fue el punto de partida de la noche. Tras el concierto, parte del público cambió las butacas del Gran Teatro por el pequeño escenario del Boogaloo para una sesión más próxima, canalla e informal. El hecho de verles de nuevo sobre el escenario me hizo pensar de qué maldita pasta estarán hechos los músicos, para volver a colocarse frente a los instrumentos y volver a tocar, con el entusiasmo intacto. Sea cual sea esa pasta, que no se les deshaga. Las sorpresas esta vez, se representaban en espontáneas colaboraciones, como la de Javier Arroyo, que cambió el piano por la armónica durante algunos minutos. En definitiva, buen ambiente, buena noche, y buenas noticias para la creación musical de esta ciudad ( curiosamente, ocurría mientras otros destrozaban paneles de la “Calle Mayor”… ). Enhorabuena Sr. De la Montaña, y esperemos seguir siendo testigos de esa voluntad por lo impredecible, por esa forma de hacer música que es el Jazz.
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