| Entrevista a Guillermo Iriarte |
El pianista y compositor Guillermo Alonso Iriarte (Cáceres, 1973) acaba de editar su primer disco, Íntima intención (Columna Música), en el que interpreta al piano sus propias obras. Alejado de la ficción intelectual que caracteriza y justifica la creación musical de buena parte del siglo XX y XXI, la sonoridad de sus piezas es insultantemente bella. Antes de la presentación en directo que tendrá lugar este jueves (Auditorio Caja Extremadura, 20:00h.), compartimos con él una breve charla. P. Acaba de sacar un disco interpretando sus propias obras... ¿Qué trabajo le gusta más: ejecución o composición? R. Personalmente encuentro que el trabajo de interpretar la música propia es más gratificante. Se trata de una actividad física y espiritual al mismo tiempo, que lleva aparejado un componente de comunicación con el público y de inmediatez de la respuesta de la otra parte que me reconfortan. Componer es un trabajo abstracto durante el cual siento muchas dudas, a veces me veo incapaz de superar los problemas del lenguaje que empleo. Cuando concluyo una obra tengo la impresión de que he salido indemne de una batalla con mis propias limitaciones. P. La figura del compositor-intérprete (Philip Glass, Michael Nyman, Yann Tiersen, etc.) se ha establecido como figura musical en las últimas décadas. En su caso, ¿es algo premeditado o fruto de las circunstancias? R. Creo que es saludable que recuperemos la tradición de crear y recrear uno mismo. Hace trescientos años todos los músicos componían (de hecho en el rock/pop todavía se considera normal confeccionar un repertorio propio), pero la paulatina especialización y el dogmatismo de los organismos públicos encargados de alentar la creación, que han producido un gremio de compositores cuya obra se valora en concursos y comités atendiendo a la grafía más que al resultado sonoro, han descargado al creador de la responsabilidad de transmitir su mensaje. En mi caso he decidido interpretar mi música ante la insatisfacción que me producían las versiones ajenas, por criterios económicos también (pues la única manera de poder recoger fruto material de lo que hago es llevándolo en persona a la escena) y asimismo, lo confieso, porque debido a que mi lenguaje renuncia a los preceptos de la Neue Musik (me gusta más esa definición que la de “música contemporánea”) me he visto apartado de buena parte de los apoyos institucionales, cosa que también les ocurrió a Glass y Nyman en su juventud. P. Escuchamos en sus obras y leemos en sus textos un evidente deseo de amalgamar la música culta y la música de masas. Es, pues, un arte que le puede parecer frívolo al elitismo clásico y clásico a la frivolidad de las masas, ¿no le parece? R. Mozart y Haydn bebían gustosos de fuentes populares. El concepto de artista incomprendido nació con Beethoven (en parte por su sordera). Pienso que la idea romántica de rechazo del público actual como una buena señal para el destino de una creación tampoco debe constituirse en ley, porque precisamente autores tan modernos como Ravel tendieron puentes con su público y renegaban del sesgo autista que estaba tomando la vanguardia por entonces. Diría que quizás el regodeo ante la indiferencia sea más bien algo importado de la mentalidad germánica. P. Teniendo en cuenta la inmaculada consonancia de sus obras, la corta duración de sus piezas... en una época en que la composición culta se ha enrocado en una pirueta intelectual ininteligible, alejada de toda cercanía con la realidad sonora de a pie, ¿hasta qué punto piensa en la recepción de su obra a la hora de componer? R. El mismo Schönberg aconsejaba a sus alumnos que emplearan los mínimos elementos posibles. La máxima “menos en más” se lleva cumpliendo en la buena música desde Frescobaldi, pasando por Bach hasta Arvo Pärt y los Beatles. La primera persona a la que aspiro a complacer con la música que hago es a mí mismo. Y como siempre me he sentido un heterodoxo, he disfrutado con “La oreja de Van Gogh” tanto como con Mozart (por cierto, encuentro ambos mundos sonoros bastante parecidos, con esa preferencia hacia la yuxtaposición de motivos basados en la inspiración) nunca se me han caído los anillos concediendo su merecida importancia al público. Los restaurantes, por muy buenos que sean, también consideran necesario que la gente que acude a ellos aprecie su comida. Pienso que es lo mismo. P. Su música es onírica y matemática a la vez. ¿A quién quiere más?, ¿a Ende o a Euler? R. Ambos, ambos. Me encanta inscribir mi música en un esquema formalista de rotación de acordes perfectos, vertebrados horizontalmente por melodías de elevado aliento poético. Amo el orden y a la vez necesito trascender. P. ¿Proyectos de futuro? R. Un recital con mis obras en Barcelona, en la Academia Marshall, el centro que fundó Granados y que se ha embarcado en una serie de homenajes a nuestra difunta gran pianista Alicia de Larrocha. Eso será en abril. Mientras, mi colega Leandro Lorrio y yo haremos llegar a Andrei Gavrilov el concierto para piano y orquesta que hemos terminado para él. Y tan pronto como se pueda, intentar atender algunos encargos de música de cámara que quedaron pendientes.
Comentarios (1)
Enhorabuena
1
Miércoles, 24 de Febrero de 2010 12:07
MJ
Enhorabuena Guillermo por tu disco y por la entrevista. Me encanta lo de "ficción intelectual" porque lo resume todo. Saludos
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